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La Cristomorfosis - Capítulo 13: Cierra el Chorro



Martín dirige su mirada al Pran, que baja su pistola con estoicismo después de haber matado a su propio guardia sin aviso y por la espalda. ¿Cómo puede sobrevivir un Pran que ejecuta a sus soldados? –Piensa Martín- Tarde o temprano éstos le traicionarán, más por miedo a la muerte que por ansias de poder.


El Crepúsculo Larense es una maravilla natural del estado Lara. Al despuntar la tarde se puede ver un cuadro de grandes brochazos anaranjados que compiten con el azul celeste. Pero el día de hoy, este espectáculo crepuscular ha cruzado el estado Yaracuy hasta llegar a los cielos de San Felipe, cubriendo las Paredes de “La Cuarta”, y los presos alzan la vista sorprendidos del fulgurante color rojo con que se han teñido las nubes de su cielo.


Porque el cielo de los presos es distinto al de la calle; los que están libres se olvidan de ver el cielo, se conforman y acostumbran con verle tocar el horizonte, como si levantar el rostro para inspeccionar esa maravillosa cúpula les causara tortícolis o les hiriera los ojos.


Muy distinto es para el recluso; pues no tiene horizontes. Las paredes de la prisión le roban la certeza de la lejanía; todo está cerca y apretado, y por doquier la muerte se le abalanza. No hay donde correr, no hay lugar al que pueda huir, y el cielo se abre entonces como una manifestación de la libertad.


Mira hacia arriba y ve que su mirada se pierde en el azul, y por un momento, algo de sí es libre de las cadenas de este mundo, su alma levanta el vuelo y recorre las nubes… Y dice: ¡Es verdad! Dios está en los cielos.


Sin embargo, el cielo de hoy está airado, turbulento y rojo, como los sucesos que se desencadenaron cuando Elías enterró una “pluma” de agua en la cancha y comenzó a brotar el líquido vital. Cada mente, a su manera, reflexiona que la bendición de Elías fue convertida en maldición por la mucha maldad que habita en los corazones de los confinados. Ahora llega este varón desconocido, y dice que va a cerrar un chorro de agua, que calcinó al primero, derritió al segundo con un rayo, y liberó de sus demonios al tercero.


Ha salido tanta agua que toda La Cuarta se ha inundado, siete centímetros de ella cubren el piso y todos han tenido que colocar a salvo sus pertenencias. Martín retoma su oración y cierra los ojos. En realidad no sabe lo que está haciendo, se está dejando guiar por el amor que Jesús puso en su corazón el día que tuvo un encuentro personal con Él. Una sensación de lloro y quebranto le invade el pecho.


- Santo es tu nombre: YHWH… Padre mío, roca mía, esperanza mía. Perdóname y límpiame para que pueda estar en tu presencia.


Al instante, Martín fue llevado en espíritu a un lugar donde había un lago de cristal, y del lago emergían flores, todas distintas, pero que guardaban una similitud: El tallo se dividía en siete ramas y cada rama tenía una flor, de distinta forma y color. Martín miró arriba y vio que las nubes eran como la sangre, y el sol parecía una brasa anaranjada en medio de aquel cielo amenazante.


“Repite después de mí –le dijeron-: Moradores de “La Cuarta”... Tu Dios se ha enfurecido contra ti, porque habiéndose mostrado con poder y gloria, tú le has temido más al hombre, el cual es nada delante de tu Señor. Bendiciones he mandado a tu vida y las he guardado de la muerte hasta hoy. Has visto cómo han caído a tus pies los cadáveres de quienes perdieron su propósito y aún no has temido a Jehová tu Dios. Yo soy el Dios de los buenos y los malos, nada hay antes de mí, ni después mí; el malo se convierte en mi presencia, tiembla y cruje los dientes con pavor. YO SOY EL DIOS VIVIENTE DE ISRAEL, el Dios que te dio la vida y el que también puede quitártela… Sin embargo, envié a mi Hijo a vivir contigo, sufrió y murió por tu causa. ¿Y aún dudas de tu propia salvación? De cierto os digo que los tibios son abominación en mi presencia. Prefiero a un asesino arrepentido que a un hipócrita haciéndose el santurrón.”


Martín está en otra parte, pero su cuerpo repite lo que escucha. Los presos tiemblan al oírle y ven que de los cielos borrascosos descienden rayos que son atraídos por las alambradas de la prisión, las cuales, al contacto con las descargas eléctricas, se calientan al rojo vivo.


Martín es devuelto de dónde estaba y pregunta a los prisioneros:


- ¿Cuántos prodigios se necesitan para que el alma crea en Dios? ¿No respiran ustedes sin proponérselo, y todo su cuerpo funciona sin que se acuerden de él? ¿No se queda el mar donde está y los cielos arriba y la tierra bajo sus pies, y raramente son conmovidas estas cosas? Pero nos preocupa el dinero y el poder, y satisfacer el cuerpo que solo es un instrumento del alma, y negamos nuestra eternidad para enterrar el hocico en el fango, enviciados con deleites efímeros y pasajeros. ¿Somos brutos acaso? ¿Qué importancia tienen estas cosas delante de la eternidad? ¿Quieren más milagros de Dios? Pues tiemblen: Porque Dios ha rasgado los cielos el día de hoy, y ha descendido a este lugar.


Un torbellino de fuego desciende desde las nubes hasta el chorro de agua, y toda el agua que sale, y la de los pisos, y todo lo mojado se incendia. “La Cuarta” y sus presos están en llamas, pero nada se quema… El Pran, los luceros, y la totalidad de los reos caen de rodillas. El fuego se recoge hacia la pluma y se lleva los cadáveres, incluyendo a Elías. Todas las llamas se reúnen en una burbuja y se pueden ver los cuerpos dentro de ella.


- Varones –grita Martín- el fuego de Jehová consume al perfecto y al impío, así que amaos los unos a los otros”.


Las flamas van desapareciendo y ya no sale agua de la “pluma”. Los que estaban dentro de la burbuja son depositados suavemente en el pavimento, y se levantan como si nada los hubiese tocado.


Han sido resucitados por el único Dios viviente: El Santo de Israel.



La Cristomofosis

Una novela de Marco Gentile


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