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Gobiérnate a ti mismo


Hablar de política y de gobierno es sumergirnos en un tema que genera pasiones en los seres humanos. Es uno de los temas inevitables de cotidiana conversación, pero a la vez es uno de los dramas menos entendidos de la sociedad. Para algunos es una cuestión dinámica y polémica, para otros es simplemente un texto muy aburrido. Algunos lo ven como lo más importante, otros simplemente expresan “No me interesa”. Sin embargo, seguirle la pista a los sistemas de gobierno, a través de la historia, y más aún en la historia bíblica, no solo es muy interesante, sino también altamente revelador.


Por lo general cuando la gente piensa en gobierno, piensa en el presidente, en la silla presidencial, en el palacio, el consejo de ministros, los gobernadores o en los alcaldes, pero rara vez piensan en ellos mismos como representantes del gobierno, lo que encarna un asunto contradictorio, cuando damos por sentado que vivimos en democracia, que significa “gobierno del pueblo”.


Tampoco es común que la gente relacione “gobierno” con “biblia”. En la idea del pueblo, la biblia es un libro religioso, no político. Pero se sorprenderían de saber que desde el primer capítulo, del primer libro (Génesis 1), hasta el último capítulo, del libro postrero (Apocalipsis 22), el tema gubernamental es central, y está siempre presente.


La historia del gobierno humano empieza en el jardín del Edén, con Dios delegándole al primer hombre, Adán, el dominio (Control, gobierno, administración) sobre su creación1. Dios no le entrega su gobierno a otra criatura, sino al ser humano, porque solo él cumplía con un prerrequisito para gobernar: Ser imagen y semejanza de Él. La naturaleza de Dios, es gobierno, en Él se constituye la soberanía, el poder, la autoridad y el dominio.2


Dios quería que el hombre reflejara en la tierra Su gobierno. Por tanto, la primera jurisdicción de gobernabilidad que le asignó, fue su propio ser: Espíritu, para mantenerse conectado a Dios (sin morir espiritualmente). Alma, para ejercer dominio sobre su mente, emociones y voluntad (sin sufrir vergüenza, a pesar de su desnudez); y cuerpo, para guardarse de hacer conforme a lo que la ley del Creador establecía (Evitar comer del fruto prohibido)3.


El concepto primario de gobierno, para Dios, era individual, la regencia del hombre sobre sí mismo. Para dominar la creación, el hombre debía mantener el autogobierno. Desobedecer la ley divina, comiendo del fruto prohibido, le dificultó lograr el cometido de dominar la tierra, porque no pudo dominarse a sí mismo. Al perder la vida del espíritu, perdió dominio sobre sus emociones, y quedó sujeto a sus propias pasiones.


Cuando el hombre acogió la comisión de administrar la creación, no existía el gobierno civil, ni el concepto de estado. Sólo había responsabilidad individual delante de Dios mismo. Esto no cambió cuando empezaron a reproducirse en pecado: Cuando Caín, preso de su envidia y enojo, mató a su hermano Abel, no hubo un gobierno civil pidiéndole cuentas, sino que Dios mismo se levantó para hacer justicia. Él se reservó esa responsabilidad de proteger el derecho a la vida.4 Él era la instancia directa a quien el individuo rendía cuentas.


Este sistema primario de gobierno, nunca caducará. Todavía está vigente. Por encima del gobierno civil, priva el autogobierno. De hecho, la fortaleza de un gobierno civil radica en la responsabilidad que asume cada individuo delante de Dios, para con la sociedad en la que vive. No habrá gobierno efectivo si los individuos no aprenden a gobernarse a sí mismos. Mientras mejor se gobierne una persona a sí misma, menos gobierno externo necesitará. Cuando disminuye el nivel de autogobierno se requieren más leyes (burocracia), para mantener a la gente obrando bien.


Cada vez que un pueblo se deslinda de su propia responsabilidad para generar soluciones y deposita su esperanza en que el gobierno civil resuelva las cosas, se vuelve más negligente en su autogobierno, renunciando al poder, y cediendo su autoridad. El Estado, entonces, se vuelve más grande y poderoso, tomando cada vez más control (político, legal), dominando áreas que no le corresponden (economía, finanzas), e interviniendo áreas que no le competen (comunicaciones, prensa), lo que resulta en pérdidas de libertades individuales, y de la identidad gubernamental que se posee. Por esa razón dejan de relacionar “gobierno” con ellos mismos, atribuyéndolo al Estado, y pensando que aún viven en un sistema de gobierno democrático.


Cuando el hombre minimiza el control sobre sí mismo, no solo cede su autoridad, sino también su libertad, al entregarse para ser dirigido por la coerción de otros humanos. Pero todo inicia al perder la conexión con su fuente originaria de poder y autoridad: El Creador y Sus Leyes, reveladas en la Biblia, la Palabra de Dios.


Si queremos ver un cambio profundo y genuino en nuestra nación, debemos volver al diseño divino. Tomando la responsabilidad que nos corresponde delante de Dios, entendiendo que hay cosas que nadie más hará por nosotros, y que un día presentaremos cuentas delante de Dios. Empecemos conectándonos con la fuente de autoridad y poder, el Espíritu de Dios, y trabajemos para someter nuestro propio ser, a los principios y leyes que el Soberano Creador estableció.


1Génesis 1:26-28; 21Timoteo 6:15; 1Crónicas 29:11-12; Efesios 1:21 3Génesis 2:16-17, 25; 4Génesis 4:1-16



Pr. David Parra

CeCERDi

Ciudad Bolívar, Estado Bolívar.

Departamento de Redacción NotiCristo


Diseño: Ángel Arteaga

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