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La Cristomorfosis – Cap. 21: El Búnker del Pran


Con ese último milagro, Martín obtuvo un liderazgo indiscutible en la prisión. Ya no se trataba del advenedizo que logró cerrar un furioso chorro de agua que manaba de una tubería sin conexión. Ahora era el tipo que había estado en peligro de muerte dos veces seguidas, y en esa misma dupleta Dios lo había librado de las garras de Satanás.


Y para afianzar su indudable conexión con el Altísimo, había sido instrumento de su propio milagro, que en nada dependía de la presencia de Elías, ni de su mucha fama como hombre de fuego. Todos vieron cómo las heridas del Papi se cerraban lentamente y se borraban las grietas, los raspones, descendía la hinchazón y se pegaban de nuevo las carnes a sus cienes… Martín era el nuevo Pastor de la Cuarta.


  • Sígame pastor, vamos al Búnker, tenemos asuntos que tratar –le dijo el Pran.


Martín miró a Saqueo, que le hizo un gesto con la mano para que atendiera la solicitud. No necesitaba preguntarse si seguir al Pran estaba bien o mal, el puro gesto de su nuevo amigo era un documento notariado para su seguridad.


La población, como si nada, retomó su dinámica… y cuando Martín siguió al Pran, Saqueo intentó acompañarles, pero Marrón lo detuvo interponiendo su Kalashnikov entre ellos.


  • Don Lucio invitó al Pastor… ¿Pa´ dónde vas tú?


  • Él es mi ayudante –ha dicho Martín en un repentino e inusual destello de inteligencia-.


  • Déjalo –intervino el Pran con desgano-… Total: Ya manchó la rutina.


  • Plomo. Pero te quedas detrás de mí.


Por fin traspasaron los linderos invisibles de la cancha y el Papi titubeó para dar el primer paso en el terreno del Sector 2. La memoria subconsciente le advirtió el peligro de traspasar la línea invisible que dibujaban los luceros entre el barrio de Observación y la zona de las “Fresitas”, como le llamaban en la “Bichera”.


Todo era distinto, la gente bien vestida y calzada, con teléfonos de alta gama. Muchos lo miraban como a un animal de laboratorio, buscando quizás descubrir alguna marca o herida de las que le había infringido el Catire. Y aunque había tenido su encuentro con Jesucristo, el viejo hombre, dentro de él, se negaba a morir y dar paso al ser de Gloria que nacería por Gracia de su Salvador.


-¿Qué miras mam...…?

- ¡Ey varón! –le interrumpió Martín-: Tranquilo; eres nueva criatura…


A Saqueo se le nota desencajado, mira a todos lados buscando peligros inminentes, y cuando Martín pasa cerca de algún preso, sus músculos se tensan preparándose para la lucha.


  • Y dime Martín, ¿Hace cuánto que naciste de nuevo? Yo sé algo del Evangelio… Mi abuela era evangélica y me enseñó algunas cositas…


  • Sigo a Cristo desde hace una década.


  • Suficiente para saber que el “Padre” es una cosa, pero los hermanitos son otra… -dijo el Pran con media sonrisa.


Entraron a la nave del edificio y subieron por unas escaleras que llevaban al segundo piso, en el cual se extendía un pasillo amplio con Buguis más cómodos y anchos, pero en la misma distribución que tenía el pasillo del Catire. Este debía ser el lugar que Elías le había descrito, en donde residían los hijos de los políticos y algunos hombres adinerados.


En lugar de adentrarse al pasillo, el Pran tomó nuevamente la curva de la escalera y subieron al piso siguiente. Martín vió que del cuello de su camisa emergían unas llamas "hiperrealistas" que seguro eran obra de un hábil tatuador.


Al llegar al saliente se encontraron una reja custodiada por dos Águilas con poderosas armas largas, y vestían unos amenazantes chalecos antibalas de los cuales guindaban media docena de granadas fragmentarias como si fueran bambalinas…


  • Jefe, ¿cuál es “El Beta” de esa gente? –le han dicho los mercenarios.


  • El Pastorcito…


  • Ta bien Jefe, pero usté no dijo ná del de la “Bichera”…


  • Ese no tiene Beta…


  • Entonces aquí se queda. –Reaccionaron los maleantes apuntándole a la cabeza.


El Papi, acostumbrado a la vida en prisión, esbozó una sonrisa, y se sentó en la escalera. Hasta aquí podía acompañar a Martín y eso estaba bien, luego de esa reja no había un lugar más seguro, ni en la calle ni en prisión.


Martín pasó y pudo ver el cambio radical en el hábitah del Pran; un pasillo largo y pulcro, recubierto con baldosas de porcelanato, de gran tamaño, como de un metro cuadrado cada pieza. En lugar de buguis pasaron frente a algunas puertas cerradas, alejadas varios decámetros unas de las otras, y al final había otra reja mucho más bonita y pintada de blanco perlado, que dejaba ver unos magníficos adornos de hierro forjado. Tras ella, media docena de hombres, mucho más armados que los de la primera reja… Y a medida que se aproximaban la sorpresa era mayor, al ver que uno de ellos tenía calada una “basuka” en la espalda.


-Yo pensé que esta cárcel era una de las más tranquilas de Venezuela…


-¿Verdad que sí? –Dijo con orgullo el Pran- Ya sabes por qué.


Al traspasar la reja, un vestíbulo los esperaba, y el recinto estaba decorado con sobriedad masculina, pero a todas luces la calidad de los muebles, la licorera y el Gabinete de madera labrada, hablaban de su gusto por las cosas caras.


Se extrañó de que no le invitase a tomar asiento en el sofá, sino que le hizo señas mientras abría una puerta al final del salón. Accedieron a una sala casi vacía, con sillas cómodas y una veintena de monitores que mostraban hasta el último rincón del penal, pues tenían un circuito cerrado que controlaban desde el búnker y era monitoreado día y noche por tres tipos que bebían y comían desmesuradamente…


De allí ingresaron por otra puerta y llegaron a una Oficina, en la cual había un escritorio de lujo con un gran monitor de computadora, un sofá al estilo Inglés, con su cuero tensado por esos botones que se hundían hasta darle un aspecto de repostería, una mesa de café y un gabinete con refrigerador empotrado.


- Siéntese –le invitó el Pran- ¿No quiere un wiskysito pastor?


-Yo no tomo.


- Naaa, aquí los pastores tienen permiso de echarse un palito de vez en cuando…


El pran sirvió dos vasos de whisky en las rocas. Martín no pudo dejar de ver que se trataba de un “Dimple” de 15 años. Y se preguntó a qué sabía…


  • No lo mire así, ese no muerde, échese uno nada más…


  • Con todo respeto… ¿Para que me mandó a llamar?


Su respuesta no encontró buena recepción en su interlocutor, que se dejó caer pesadamente en la silla que estaba frente a la mesa servida, metió la mano en su vaso, sacó los cubos de hielo y los arrojó al piso mientras se empujaba el wisky de un solo trago.


-Voy a ofrecerte un buen trabajo… Y no lo puedes rechazar.




“La Cristomorfosis.”

Una novela de Marco Gentile.

Búscala todos los sábados a las 10:00 am


Diseño Gráfico: Publicaciones Gentile

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