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Dolor del alma


"Solo en Dios halla descanso mi alma de Él viene mi salvación”

Salmos 62:1


En una sala de terapia, escuche a una paciente responder al médico, la pregunta: ¿Qué le duele?, diciéndole: “Me duele hasta el alma”. Escuchar esta respuesta, me hizo sonreír pero a la vez me hizo reflexionar: ¿Cómo duele el alma? ¿El dolor es agudo? ¿Crónico? ¿Será leve, moderado o severo? ¿Cuál es su ubicación? ¿Cuál sería el analgésico? Luego pude ver la expresión de la paciente al caminar, con pasos cortos, ceño fruncido, y labios apretados.


El dolor se puede clasificar según su duración, en agudo, o crónico; según su patogenia, en neuropático, nociceptivo, o psicógeno. De acuerdo a su localización, el dolor puede ser somático o visceral. Si evaluamos su curso, el dolor puede ser continuo o irruptivo. Pero si medimos su intensidad, tendremos que ubicarlo en leve, moderado, o severo.


El dolor en el cuerpo es una señal del sistema nervioso, para avisar que “algo” no anda bien; es una sensación desagradable, que puede ser aguda o sorda, intermitente o constante. Puede presentarse localizada o generalizada. Pero en todo momento, el dolor es un indicativo de algo que está descompuesto.


La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor, lo definió como “una experiencia sensitiva y emocional desagradable, asociada a una lesión tisular real o potencial”. El dolor por tanto, es subjetivo y existe siempre que un paciente diga que “algo le duele”.


Todo dolor tiene una causa emocional pero en ningún momento cualifica las emociones como dolor real. Al igual que el dolor físico, que en ocasiones se hace crónico y afecta la calidad de vida del individuo, el dolor emocional puede dejar cicatrices severas que comprometen el bienestar de la persona si no se aborda de manera adecuada.


Un estudio de la Universidad de California, publicado por la revista Science, concluyó que las diferencias entre el dolor físico y el del alma no existen desde el punto de vista neurológico. Así como una lesión física puede causar dolor crónico, los impactos emocionales generan dolor emocional, aún con las mismas características de larga duración (malestar, vacío en el estómago, desasosiego e incluso dolores físicos).

La expresión “Me duele hasta el alma” expone la naturaleza del sufrimiento humano: es un dolor punzante, que algunos localizan entre pecho y espalda, y que otros definen como una severa “opresión en el pecho”.


Cuando duele “hasta el alma”, el individuo se siente perdido, abatido y triste. Por lo general, manifiesta un estado de creencia de abandono y soledad, él cree estar solo, y siente vergüenza al asumir que no se tiene herramientas para evitar el dolor, y a causa de no saber canalizar el sentimiento, se vuelve agresivo y/o se aísla, se bloquea, y aflora la pregunta “¿Por qué me sucede esto?”.


El ser humano, por lo general no presta atención a los procesos del alma, lo hace, solo cuando se desbordan y causan un caos. Generalmente está pendiente de lo externo, sin prestar vital atención a lo que sucede en el “Mundo Interno”, pero debemos recordar que somos seres tripartitos y que “el alma”, también se enferma, llora, y grita de dolor.


Necesitamos aprender cómo sanar internamente conociendo algunos métodos de acción de “Cuando nos duela hasta el alma”. Por lo pronto, podemos comenzar reconociendo algunos principios que nos pueden guiar en los procesos de curación del alma herida.


En primer lugar, tenemos que asumir que algo duele. Recuerda: el dolor permite mostrar lo vulnerable que es el ser humano, y el dolor nos permite advertir que hay algo que no anda bien. Reconocer que algo duele, nos ubica en el plano de buscar una solución.


Lo que sigue, es entender que evadir el dolor, alarga más el proceso. Fisiológicamente el hipotálamo crea endorfinas para mitigar el dolor físico, pero el alma no, la endorfina para el alma no existe, el único recurso que tienes es darte cuenta que el dolor existe. Aceptar la existencia del dolor nos lleva a la solución.


Lo siguiente que necesitamos hacer es identificar qué genera la molestia; pregúntate: ¿Qué es lo que me produce el dolor que estoy sintiendo? Identificar el origen del dolor, podrá mostrarnos con más exactitud donde comenzar a trabajar para mitigarlo y sanarlo.


A continuación nos corresponde transformar la situación, en la medida que nos sea posible. La única medida para cambiar un asunto, es cambiando la manera de pensar con respecto a ese asunto. Si cambia su manera de pensar cambia toda la situación. Empiece edificando este pensamiento: Por lo general detrás del caos viene un orden perfecto que está esperando manifestarse en ti.


Por último, pero no menos importante, ni tampoco tiene que ser lo que hagas al final, busca ayuda. Es importante reconocer que necesitamos apoyo. Solos no podemos con todo, con un punto de apoyo, moveremos al universo.


Quiero reafirmarte esto: Aunque el dolor no pueda palparse, no significa que no existe. Todos tenemos almas vivientes, que sienten y padecen. Pero en la medida que otros nos escuchen, nosotros también nos escucharemos. Podemos contar con Dios, y con la promesa que está disponible para nosotros: “El dolor que sufrimos ahora, no se compara con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.Romanos 8:18 NTV.



Dra. Ilén Mata

Médico Familiar- Epidemiólogo.

Departamento de Redacción NotiCristo.


Diseño: Publicaciones Gentile


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