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Perseguidos... pero no abandonados



Digno de estar en la lista de héroes de Hebreos 11, fuerte en la debilidad, Henry Albalba, más que ser el fundador del famoso restaurante Alibaba y los 40 sabores es un hombre de fe experto en patearle el trasero a satanás con cada decisión y batalla. “Perseguido, pero no abandonado; derribado, pero no destruido” Henry en el 2012, después de 11 años de misionero en Kurdistán, regresó a Colombia como un sobreviviente del hostigamiento a cristianos en el territorio Kurdo y hoy, en el 2018 es punta de lanza en el uso de la gastronomía como estrategia misionera en Colombia. Esta es su historia.


¿Misionero yo?


Henry estaba en el lugar indicado, se encontró con grupo de misioneros que regresaban de trabajar en África, los escuchó hablar de su amor por Jesús, de sus aventuras y experiencias y al oírlos se antojó de vivir su propia historia. No hubo excusas, no antepuso su familia, ni su juventud, sabía lo que debía hacer y se puso en la tarea; investigó y fue así como conoció diferentes agencias misioneras, ministerios de traducción, contrabandistas de la palabra, entre otros. En 1998, de una de estas agencias recibió una propuesta que no quiso rechazar: “Si estás dispuesto a arriesgar tu vida por el Señor te invitamos a Fronteras” No lo dudó e inició con ellos un proceso de capacitación sobre el Islam y comunicación transcultural. También estudió en el centro de entrenamiento de la CEPAL, en el Instituto lingüístico de verano y en la escuela de la Cruzada Cristiana en Bogotá. Tuvo una formación integral.


Pero… ¿A dónde?


Luego de tres años de entrenamiento con Fronteras, le ofrecieron cinco posibles campos de acción: Afganistán, Turkía, Mali, Iraq y Bangladesh. No quería tomar una decisión basada en emociones, quería elegir correctamente. Un viernes por la mañana, mientras oraba le pidió a Dios que le mostrara el lugar al que debía ir, un sueño quizá. Dios le habló de enviarlo a una tierra sin nombre, un territorio por donde nadie quería pasar. Horas después tomó un libro sobre las cien ciudades en el medio oriente no alcanzadas, lo abrió al azar y tuvo la señal que estaba buscando: encontró la foto de un kurdo. En la noche, ese mismo día, se sorprendió cuando prendió el televisor y lo primero que encontró fue un reportaje en el programa “La Lechuza” con Claudia Gurizati sobre Kurdistán: la nación sin estado propio más grande del mundo, no reconocida como país a pesar de tener capital, presidente e idioma independiente. Eran demasiadas Dioscidencias. ¡Kurdistan era el lugar!


Su papá lo encontró llorando, le interrogó y Henry se lo contó: «me voy para Kurdistan», «¿Qué es eso? » preguntó el papá, «después le digo», respondió Henry quien no salía del asombro por la claridad con la que Dios le estaba hablando.


Justo cuando resolvió dejar su trabajo en Colombia e irse al Medio Oriente, recibió una llamada para trabajar como director de un programa de manualidades en un centro de mujeres en Sulaymaniyah-Kurdistán. No había salido de Colombia y ya tenía trabajo, era el sello de una promesa cumpliéndose.


Lo dejó todo


Henry dejó la comodidad de su casa, la seguridad de estar en su país, su familia, sus amigos; vendió y regaló sus pertenencias, y se marchó. No conocía el idioma, ni la cultura, a pesar de sus previos estudios. Empezó de cero. Al comienzo lloró mucho porque no lograba comunicarse con las personas y se arrepintió de no haber estudiado inglés antes. Fue duro, pero la pasión por cumplir su misión era más fuerte.

Su mayor temor, más allá de pensar cuál sería su sustento económico, era estar lejos de quienes él quería; y en ambos asuntos también Dios le sorprendió: por un lado recibió regalos (nevera, estufa, mesa, colchón, cosas de hogar) de equipos misioneros que estaban de salida, y por el otro, los kurdos, con facilidad, se convirtieron en su nueva familia; desde que llegó al país, se sintió parte de ellos, porque contrario a lo que Henry creía, resultaron ser más hospitalarios y amistosos que los latinos. Esto explica por qué para Henry “fue más duro regresar a Colombia que salir de ella”.


Los inalcanzables

En el medio oriente hay que ser prudentes para hablar de Jesús, no es fácil. Henry trabajaba para una ONG, una organización laica. Los primeros años de su labor los dedicó a la construcción del lugar, luego se enfocó en el desarrollo del proyecto de manualidades como tal. Allí hizo buenos contactos, les hablaba con su vida, ejemplo y amistad mientras hacían manualidades, pintaban o veían películas. También creó vínculos en actividades rutinarias que realizaba en horarios extra laborales, aprovechó los tiempos de compra de materiales para la construcción, las clases de inglés y las horas de comer. Hubo kurdos que solo por curiosidad indagaron sobre su cultura, querían saber cómo oraban los cristianos y de ese modo abrieron sus oídos a lo que Henry tenía por decir.

Se afirma que un misionero toma de uno a ocho años en ganar un seguidor para Jesús. Gracias a su empleo y al trabajo relacional, Henry pudo compartir sobre Jesús a seis chicos kurdos. Uno de ellos fue Ali, un amigo de la etnia Yazidi a quien Henry discipuló por dos años antes de ser expulsado del país. Los Yazidis son un grupo preislámico seguidores de satanás como profeta y habitantes de la antigua Nínive; gracias a Ali, Henry entró a una comunidad restringida.


Cuando Ali tenía dos años su madre se suicidó, la mujer entró al baño, se echó gasolina y explotó. Para el joven, Henry más que un líder fue, y es aún, su padre espiritual, de ahí el nombre del restaurante: Ali baba o papá de Ali. Con los años el pueblo de Ali fue destruido y muchos yazidistas se refugiaron en Alemania. Hace unas semanas Ali viajó de Alemania a Colombia, milagrosamente y gracias a Henry y a la W radio, estuvo en nuestro país mes y medio, a pesar de que migración le negaba la entrada por ser iraquí.


Los otros chicos a los que Henry habló hoy en día son pastores y líderes cristianos refugiados en países europeos, donde la presencia musulmana va en aumento.


Un día en Kurdistán


El día inicia a las 7 a.m, los kurdos desayunan té con pan plano artesanal siempre fresco y mantequilla de búfala, trabajan solo desde las 8 hasta la 1pm. Los jueves se llaman entre amigos y se reúnen a comer Bryanis. En verano el sol es fuerte, y muchos duermen de 1 a 4pm, a las cuatro de la tarde se encuentran en el bazar (la plaza), toman té de nuevo, esta vez con pistachos, y juegan cartas o dominó. Es la rutina de los hombres. Las mujeres por su lado, se encuentran para maquillarse, bailan con las amigas, o se quedan en la casa cuidando del hogar y de los niños, lo hacen con placer. Es en general una jornada relajada —siempre y cuando no hayan bombardeos.


La persecución


En el 2012 Las iglesias católicas estuvieron vigiladas por posibles ataques, los equipos de misioneros en Siria y en Kirkuk (ciudad iraquí) tuvieron que salir del territorio. De vez en cuando el equipo de Henry visitaba a sus compañeros en Kirkuk, eran tiempos de ataques, y bombas; tenían que usar chalecos antibalas y en ocasiones debían encerrarse por meses.


El 21 de Febrero de 2012 a Henry lo echaron de Kurdistán y tuvo que regresar a Colombia, fueron las peores horas de su vida. La policía secreta lo llamó, le quitaron su pasaporte, estuvo preso todo el día, y le dijeron que solo le darían libertad cuando tuviera en sus manos el tiquete de salida del país. Un amigo kurdo, el conductor del equipo, le ayudó, le sirvió de fiador y en menos de 24 horas, salió directo hacia el aeropuerto, sin absolutamente nada.


Una semana después de su expulsión se enteró de que su amigo Jeremy, misionero americano en Kurdistán, había sido asesinado por hablar de Jesús. Jeremy de 33 años, era maestro en un colegio privado; extra clases le había compartido sobre Jesús a dos de sus alumnas. El día del asesinato, Sarwar, el hermano de las niñas, de tan solo 18 años, entró al salón de clase y le disparó a Jeremy múltiples balazos en la cabeza y en el pecho; hubo conmoción, algunos alumnos se desmayaron en el caos, y después del ataque, Sarwar se suicidó. A raíz de ese evento el equipo de Jeremy y otros equipos tuvieron que salir del país puesto que ya los tenían identificados públicamente como misioneros cristianos; fue la época donde musulmanes radicales minimizaron la población cristiana, decapitaron misioneros y exhibieron sus cabezas como trofeos.


La estrategia


Si Henry no podía estar en esa nación la traería a Colombia, y así fue cómo fundó Ali-baba y los cuarenta sabores, un restaurante donde la decoración, la música, el atuendo y la comida muestran a sus clientes una cara diferente del mundo árabe, el lugar perfecto para una velada original en el centro de Bogotá.


Pero más que un restaurante Ali-baba y los cuarenta sabores es la casa de las misiones, allí Henry comparte con todo tipo de personas: musulmanes, belly dancers, cristianos, no cristianos, misioneros, universitarios, curiosos gastronómicos y enamorados. Debajo del burka y la pashmina, el velo en los ojos de la mujer latina se rompe cuando experimenta la vida de la mujer árabe. Hay bailes, historias, cultura, y es Henry mismo quien con una sonrisa de baba presenta el lugar a sus clientes, les viste con atuendos y accesorios de la región y les acompaña en una experiencia VIP.

Los ingredientes


Aunque siempre le había gustado la culinaria y la gastronomía nunca lo había estudiado, su máxima experiencia como cocinero fue preparando platos árabes para sus amigos en casa, por eso “Ali-baba y los cuarenta sabores es fruto de un sueño frustrado, un accidente científico, es Dios resucitando sueños”


Todos sus platos llevan canela para aromatizar y cardamomo para da sabor, pero el ingrediente principal en Alibaba es la pasión, de hecho como dice Henry “…la pasión debe ser el ingrediente principal en la receta de la vida. La clave está en aprovechar cada oportunidad que Dios nos da. La vida es una escalerita y para avanzar tienes que animarte a subir el primer escalón, cuando lo haces Él te impulsa para continuar”.


Tres, tres, tres…


El paso a seguir es viajar en tres años a Urfa, la ciudad natal de Abraham y ciudad de las tres culturas (turcos kurdos y árabes), con tres personas, permanecer tres meses allá y tres meses en Colombia, tres meses allá y así sucesivamente, hablar los tres idiomas y abrir un hostal como estrategia para hospedar otros equipos misioneros y seguir creando relaciones.


El fin de todo el discurso


La historia de Henry está llena de sabor gastronómico, secretos para evangelizar impensables y testimonios sinceros, éste es solo uno de ellos, es el resultado de temer a Dios y guardar sus mandamientos (Eclesiastés 12:13), incluyendo ese que dice: “Id y haced discípulos”, es el producto de creer en sus promesas.


Jeremy Small el amigo de Henry, por la fe creyó y entregó su vida, al igual que John y Wanda Casias en México, los pescadores del lago Chad en África, los 11 trabajadores cristianos indígenas de Alepo, Rafael rojas en el sur de Colombia, G. Amalan, Gandham Padma Rao y Kasabi Samari en la India, los 45 de Uganda, los obispos desaparecidos en China, los 100 cristianos Coptos de Egipto, los siete de Pandanguo Kenia, los 80 de Nigeria, los de Pakistán, Turquía, Siria, Sudan, Arabia Saudi, Corea del norte, y más. Todos ellos por la fe, fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada, horca y bala y se unieron a la lista de héroes perseguidos por la causa de Cristo. Si ellos hubieran estado pensando en la tierra de donde salieron, bien podrían haber regresado y hubiesen perdido ese “algo mejor” que el Dios de planes había dispuesto. Ahora el reino de los cielos les pertenece.


Autoras:

María Fernanda Quintero y Dahiana Lisbeth Florez




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