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La Resurrección



"Jesús dijo: ―Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que cree en mí nunca morirá. ¿Crees esto?" Juan 11:25-26 NBV


La declaración más sorprendente que haya escuchado la humanidad es que Jesucristo se levantó de entre los muertos.


Todos los esfuerzos del ingenio humano han intentado vencer a la muerte, un poderoso enemigo, pero no lo han logrado. Sólo Cristo afirma haberla derrotado, en su propia experiencia, y privado de su poder sobre otros.


Jesús está vivo hoy, como Él lo predijo a sus discípulos. Él no es simplemente una influencia que sobrevive; tampoco es un cadáver vuelto a la vida, al que se le ha practicado la resucitación. No es, tampoco, una fe reanimada en la experiencia de sus discípulos; ni una personalidad expandida o ampliada. Tampoco es meramente una experiencia viviente del espíritu.


Jesús resucitado es una persona transformada. Las pruebas que aducen los evangelios son que, antes y después de la resurrección, Jesús es la misma persona, con la misma identidad, pero que la resurrección le otorgó un cuerpo transformado, transfigurado, glorificado.

Importancia de la resurrección


La resurrección fue un acto dramático de Dios por medio del cual detuvo el proceso natural de la descomposición y la desintegración, rescató a Jesús del reino de la muerte y transformó su cuerpo en un nuevo vehículo para su personalidad, dotada de nuevos poderes y poseyendo inmortalidad. Más allá del estudio del significado del término, o de tratar de demostrar si tuvo lugar o no, lo que tenemos que preguntarnos en cuanto a la resurrección no es solamente si aconteció, sino también si tiene importancia el que haya sucedido.


¿Por qué será que los cristianos hacen tanta alharaca sobre este asunto? ¿No es, acaso, intrascendente para aquellos que vivimos en el sofisticado mundo contemporáneo de la astrofísica, la microbiología y la ciencia de la computación creer también en la resurrección? ¡No lo es! La resurrección resuena al unísono con nuestra condición humana. Tiene un mensaje para nuestra necesidad, como no lo tiene ni podría tenerlo ningún otro suceso distante. Es el principal soporte de nuestra seguridad cristiana.



Certidumbre en cuanto al perdón


La resurrección de Jesús nos ofrece certidumbre en cuanto al perdón de Dios. El perdón es una de nuestras necesidades básicas y uno de los mejores dones de Dios. Jack C. Winslow, director de un gran hospital mental inglés, dijo: "Podría dejar salir a la mitad de mis pacientes mañana mismo si pudiera darles seguridad en cuanto al perdón" (1).


Es que todos tenemos uno o más secretos que nos perturban, recuerdos de cosas que hemos pensado, dicho o hecho por los cuales sentimos profunda vergüenza en nuestros mejores momentos. Varias veces, Jesús, durante su ministerio público habló palabras de perdón y paz, y en el aposento alto se refirió a la copa de la comunión como su "sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados" (Mateo 26:28).


De este modo vinculó nuestro perdón con su muerte. Y por cuanto en toda la Escritura la muerte va siempre ligada al pecado como su justo merecimiento, solo puede haber querido decir que iba a morir en nuestro lugar la muerte que nosotros merecíamos morir, con el fin de que nosotros fuésemos librados y perdonados.


¿Pero cómo podíamos saber que tenía razón, que mediante su muerte logró lo que dijo que había de lograr y que Dios aceptó su muerte en nuestro lugar? Si no se hubiera levantado de la muerte en forma visible y pública, jamás lo habríamos sabido.


Seguridad en cuanto al poder de Dios


Necesitamos el poder de Dios en el presente, tanto como su perdón en el pasado y en la actualidad. ¿Realmente Dios puede cambiar la naturaleza humana? ¿Puede, acaso, tomar personas que están muertas a las realidades espirituales, y darles vida en Cristo? ¡Sí, claro que puede!


Sin embargo, corremos el peligro constante de trivializar el evangelio, de minimizar lo que Dios puede hacer por nosotros y en nosotros. Hablamos de hacernos cristianos como si no fuese otra cosa que hacer unos cuantos ajustes superficiales a nuestros patrones corrientes de comportamiento y de volvernos un poco más religiosos. Pero, al raspar la superficie y sacar el barniz, ¡Oh, sorpresa!, bajo la superficie seguimos siendo la misma persona pagana e irredenta, que no ha cambiado.


Es que convertirse y hacerse cristiano, de acuerdo con el Nuevo Testamento, es algo mucho más radical que eso. Se trata de un acto sobrenatural y portentoso de Dios. Es la resurrección de la alienación y el egocentrismo mortales, y el comienzo de una vida nueva y liberada.


En otras palabras, el mismo poder que resucitó a Jesús de la muerte física, puede resucitarnos a nosotros de la muerte espiritual. Y conocemos que puede hacer esto por nosotros, porque sabemos que lo resucitó a Él.

El triunfo final de Dios


La resurrección de Jesús ofrece certidumbre en cuanto al triunfo final de Dios. Una de las principales diferencias entre las religiones e ideologías del mundo se relaciona con la visión que tienen éstas del futuro. Algunas no ofrecen ninguna esperanza, sino que se hunden en la desesperación existencial.


Otros piensan de la historia en términos más bien circulares y no lineales, como un interminable ciclo de reencarnaciones sin alivio alguno, salvo la no existencia del nirvana. Los marxistas siguen prometiendo una utopía en la tierra, pero esta visión ha perdido credibilidad. Los humanistas seculares sueñan con la toma de control en su propia evolución, pero en tanto que esto requeriría la manipulación genética, el sueño degenera y se convierte en pesadilla.


Los cristianos, por otro lado, sienten confianza en cuanto al futuro y nuestra esperanza cristiana (que es una expectativa segura) es tanto individual como cósmica. Individualmente, aparte de Cristo, la raza humana le tiene miedo a la muerte y a la disolución personal.

Jesucristo, no obstante, rescata a sus discípulos de este horror. No sólo superaremos la muerte, sino que seremos levantados de ella. Se nos habrá de proporcionar cuerpos nuevos, como el de Jesús resucitado, con poderes nuevos y jamás soñados. Así como hemos traído la imagen del Adán terrenal, traeremos también la imagen del Cristo Celestial.


Sin embargo, nuestra esperanza en cuanto al futuro también es cósmica. Creemos que Jesucristo va a volver en medio de una espectacular magnificencia, con el fin de hacer que la historia alcance su plenitud en la eternidad. No sólo levantará a los muertos, sino que regenerará el universo; hará nuevas todas las cosas.


¿Hay alguna prueba de esta sorprendente aseveración de que tanto nosotros como nuestro mundo han de ser totalmente renovados? Sí, la resurrección de Jesús es el fundamento de ambas expectativas.


Hoy el mundo se tambalea debajo de nuestros pies; el fundamento que hemos creado con nuestras manos, se desvanece. Pero hay una verdad firme en todo el universo y es que Jesús resucitó de los muertos; y si Él vive, nosotros tenemos también la promesa de que viviremos con Él.


La resurrección nos da garantía de su perdón; nos da fortaleza para vivir el presente, en medio de las dificultades y nos da esperanza para el futuro, un futuro glorioso, en Su Presencia por la eternidad.

(1) Jack C. Winslow, Confession and Absolution [La Confesión y la Absolución] (Hodder and Stoughton, 1960), p.22.



Pr. Rigoberto Venegas M.

Iglesia Tierra de Gracia. Cabudare-Venezuela

Departamento de Redacción NotiCristo

Diseño: @REDACTRONICA


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